A veces miraba por la ventana, sobretodo cuando llovía, no paseaba apenas nadie y se atrevía a abrirla y sentir el viento entrar y renovar el ambiente. Los días de sol, las terrazas estaban inundadas de gente y apenas se asomaba, casi se escondía y dejaba cerrado para no escuchar el griterío que se formaba en la plaza con seis bares, su muchedumbre y sus botellines chocando formando aquél estruendo que le azotaba en la cabeza.
Y pensar que había llegado a ese punto extraño en el que ni ella se reconocía, en un pasado cercano ella era una más en esas terrazas.
Llegó el día señalado en el calendario. Por suerte llovía. Le gustaba caminar bajo la lluvia, con la gorra y la capucha encima evitaba que sus ojos vieran más allá de sus pasos. Era una manera de protegerse.
Había caminado por la habitación haciendo inhalaciones acompasadas para evitar la agitación.
Mochila, cartera, llaves, gafas, libro, auriculares.
Los auriculares se convirtieron en una extensión de ella misma al descubrir que la aislaban del entorno. Ya podía ser música, una voz que calmaba la ansiedad o sonidos de pájaros y naturaleza en un bosque..
Perdió la cuenta de las veces que revisó tenerlo todo. Y cuando se presentó delante de la puerta, suspiro con fuerza y se dijo a sí misma - vamos nena, podemos-.
Bajó las escaleras no sin pensar muchas veces si volver a subir. Aunque ya estaba delante de la puerta del portal. Ya escuchaba las voces de trabajadores y transeúntes al otro lado.
Volvió a respirar hondo y se volvió a decir - vamos nena, podemos de sobra-.
Abrió la puerta y dió el primer paso. Estaba fuera, llovía y había muy poca gente en la calle. Así que empezó a caminar.
Temblaba. A veces subía el ritmo como si tuviera prisa o un demonio le alcanzara, aunque cuando era consciente de ello aminoraba los pasos.
Girando tres esquinas encontró la cafetería que había elegido como punto a llegar. Pensó que estaría llena por la lluvia, aminoró el paso pensando que si estaba cargada de gente no sería capaz. Miró la hora y pensó que quizás los del desayuno y sus descansos ya habrían pasado. En poco tiempo se vió en la puerta con tres mesas de dos personas. Bastante calmado. Entró. Y buscó una mesa arrinconada al cristal que daba a la calle. Y se sentó para intentar, al mirar, sus manos que cediera el tembleque.
A medida que se iba sacando de encima la pequeña mochila, se acercó una chica de cara y sonrisa agradable:
- Buenos días, qué te gustaría tomar?
- Un café con leche, gracias.
Había esbozado esa sonrisa que la caracterizaba por su amabilidad. Ese espejo que ponía delante para que no diera lugar a ver sus miedos más ocultos.
Cuando sacó el libro y se puso las gafas llegó el café.
- Aquí tienes.
- Gracias bonita.
Y mirando a través del cristal, la lluvia, la poca gente al pasar, se dijo -ey, lo hemos conseguido, ves lo fuerte que eres?-.
Las otras mesas eran apacibles, así que el entorno fue fructífero para leer dos capítulos. Cuando acabó el café, se dirigió, después de recoger, a la barra y pagar su desayuno.
La vuelta a casa fue el mismo sentimiento al de ida. Su visera tapaba las caras de las personas que pasaban a su alrededor. Y si las veía de lejos no sentía tanta ansiedad. Cuando cogió las llaves temblaban sus manos y no atinaba a corresponder llave en la cerradura, hasta que por fin abrió y se sintió a salvo en el portal.
Solo cuando entró en su cuarto se sintió a salvo. Aunque el pecho no daba tregua. Inspira, expira.
- tranquila, lo hemos hecho.
Ya estamos aquí. Podemos nena. Poco a poco.
Y se recostó cuando la respiración fue fluctuando normalmente hasta que pudo tranquilizarse.
Cogió el libro, y siguió leyendo donde había quedado, aquella mañana que había conseguido ir a una cafetería a leerse 2 capítulos.
