Sanar duele. Duele muchísimo. Es un dolor que no puedes describir con palabras. Es un desgarro en el alma, en el que lloras desconsoladamente como si no hubiera un mañana. Como si fueras a morir porque te es inaguantable soportar tanto dolor. Sientes en un vacío existencial en el que no te encuentras, ni puedes agarrarte a nada para sostenerte. Porque no existe nada. Solo tú, lidiando con ese dolor aterrador que únicamente te hace sentir miedo. Entras en espacio atemporal en el que no sabes dónde te encuentras, cómo te encuentras ni qué haces ahí. Solo sientes que todo te aplasta y no puedes respirar apenas..
Ahora lo llaman "la noche oscura". No es una noche en concreto, cada persona lo siente y lo percibe de una manera diferente, depende de su ser. Y puede que no sea solo una, sino muchas. O sean días. Todo es para intentar describir una situación que atravesamos. Un quiebre existencial, ya no sólo de la persona, es en el interior, lo sientes en el pecho, en la boca del estómago. Y es algo que no puedes describir. El alma grita.
Ya no puedes sostener. Se acabó seguir igual, porque simplemente no puedes. Ya no puedes hacer frente de la manera en la que lo hacías porque algo dentro de ti se ha manifestado y ha gritado -basta! Ya no lo puedes obviar más y después de llorar lo que no creías posible, empieza a aparecer extrañamente una emoción nueva. Una quietud dentro de tu ser que desconocías. Una sensación extraña que no sabías que existía.
Sin saber cómo se instala en tu interior. Haces y deshaces cosas, tu día a día, pero algo ha cambiado. Algo impera en ti y desconoces de dónde vino, cómo lo creaste o qué hace contigo, pero se siente diferente. Liberador.
Marchó la presión. La que tú ejercías sobre ti mismo, y la que ejercen los demás sobre ti. Porque desaparece. Justo en ese momento, como sientes esa quietud dentro y te hace sentir bien, vas recluyéndote poco a poco. Vas distanciando en el tiempo ésas respuestas, ésos mensajes por contestar, aparecen las llamadas que no realizas, para aparecer en el tiempo ese momento que quieres perpetuar para tu tranquilidad. Es ése momento que llaman "el camino del ermitaño".
Justamente es lo que haces. Recluirte. Abandonas el ruido ensordecedor que antes te guiaba por impulsos, y vas buscando un lugar donde mantenerte en solitud. Contigo mismo. Porque no quieres escuchar nada. Ese ruido que antes te acompañaba ahora te molesta. En esa molestia identificas, poco a poco, lo que ya no va contigo, lo que, quizás, nunca fue contigo, pero estabas acostumbrado a escuchar. A sentir. A que te colapsara la mente y fueras haciendo totalmente automatizado.
Ese es el momento en el que te encuentras contigo mismo, y no de una manera efímera, sino todo lo contrario, conscientemente, te has encontrado con tu ser más puro.
