Yo

jueves, 19 de febrero de 2026

Volviendo a mí

 La vida es injusta y muy dura. Es un hecho, una realidad. Y encima la sociedad como está montada no nos lo pone nada fácil. Muchas veces nos perdemos. A veces hemos ido programados toda la vida y desconectarse es un mundo. A veces tienes que tocar la tierra con los pies descalzos para saber que estás aquí. Un acto tan simple a veces te urge, para sentir que existes realmente. Es doloroso en muchos casos.

Bajo las condiciones en las que te criaste te condiciona muchísimo. Por algo se dice que somos la herida de nuestra infancia. Cada inseguridad, cada dolor, cada lágrima siempre tiene una herida. Y tardas demasiado tiempo en darte cuenta. Hay quién no lo logra jamás. Hay quien lo consigue a una temprana edad. Y la mayoría de quienes lo consiguen lo hacen a la mitad de vida, con tiempo para ser capaces de mirar atrás. Analizar. Comprender. Y si sabes hacer bien el trabajo, perdonar. No todo el mundo sabe, no todo el mundo puede. Pero es lo que te das cuenta que debes hacer para poder avanzar.

Muchas veces ves imperdonable un maltrato físico, mental, hasta sexual. Muchos años lo hice, no perdonar. Me hería el dolor. La ira se apoderaba de mí. La sangre derramada me condicionaba en todo. En mí misma, en mi carácter hacia los demás. Lo que no veía es que poco a poco me devoraba en silencio en mi interior. Acumulé tanto dolor sin saber gestionarlo que me autodestruía sin saberlo y sin verlo. Sin darme cuenta alimentaba ése autocontrol que en ningún momento tuve. Creía tenerlo. Pero no era más que un instinto de supervivencia, un estado de alerta continuo que me devoró internamente y exteriormente.

Toda ésa cólera almacenada de una niñez en supervivencia innata me sobrepasó. Me sirvió para sobrevivir. Pero en mí me mataba poco a poco. Mi cuerpo enfermó. Sin saber cómo, sin autogestión, empeoró de forma desmedida. Fui una farmacia andante. Una "urgencias" constante. Primero física, más tarde mentalmente. Hasta que perdí el control. Me iba sin darme cuenta. Con tanto dolor que hasta llegué a pedirlo yo en voz alta varias veces. De hecho lo supliqué. Sentía tanto dolor en mí que no podía aguantarlo. Era una herida andante que gritaba desgarrándome que por favor parara. Insostenible. Por ello pedí varias veces apagar el interruptor. Poner silencio en mi cabeza y mi cuerpo. Morir. Perdí la cuenta de veces que lo imploré.

Mi entorno se desarraigó de mí. Eso añadió más dolor aún si cabe. Aunque más tarde agradecí. Curiosamente cuando me vi sola. Sin respaldo. Justo ahí, encontré las fuerzas más inhumanas para seguir. Justo ahí fue cuando estuve a solas conmigo misma y la pregunta más sincera con la respuesta más auténtica apareció. 

- Seguimos?

- Sí, que sea lo que Dios quiera.

Ahí empezó toda una travesía hacia mí misma. Un camino que muchos recorremos y acompañados del dolor. Ahí apareció mi verdadero ser, ese que había mantenido callado durante tanto tiempo, ese que apenas conocía. Tanto tiempo gritándome en silencio. Haciéndose notar, dándome señales, haciéndome enfermar para que viera que ya no podíamos seguir así más tiempo. Y yo sin hacerle caso. Paliando dolor con pastillas.

No son más que parches en una herida sin limpiar. Te das cuenta cuando en reposo, empezando a ser consciente de ti mismo se autorregula de una manera brutal. A veces no queremos oír lo que nos dicen.

Una mente sana es un cuerpo sano. Y qué razón tienen..

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