Le llaman "El camino del ermitaño", es ese momento en el que no puedes más y poco a poco vas recluyéndote en ti. Después de esa despedida silenciosa que ni tú sabías que estabas realizando vas quedándote en ese silencio que necesitas como el respirar.
Es el momento más crudo del camino. Porque no es que vayas decidiendo cosas a lo loco, es que tu inconsciente toma el control absoluto porque tú ya no puedes más. Él sabe que todo te pudo, que no puedes aguantar más dolor, y él toma los mandos. Sin saber muy bien porqué o cómo, vas tomando decisiones sobre la marcha. Te puede parecer que vas como pollo sin cabeza, como se suele decir, porque no sabes muy bien lo que haces, y la verdad es que lo sabes mejor que nadie y con más firmeza que nunca. Simplemente tú estás en stand by y maneja tu inconsciente. Él sabe bien qué necesitas, qué quieres y hacia dónde vas.
Justo en ese tramo analizas tu dolor desde la sangre más doliente de tus heridas. Analizas situaciones vividas, conversaciones, palabras, miradas, juicios, desplantes, abandonos, tiradas por tierra. No es agradable, es hiriente. Te das cuenta de muchas cosas, porque ya te habían dolido in situ, pero analizarlo es next level. El dolor es desgarrador. Porque dichos gestos vinieron de personas que tú querías, en las que confiabas, en las que creías eran tu red. Y te das cuenta de que no tuvieron nada en cuenta. De que caminabas todo el tiempo sin ésa red que aplacara la caída.
Todos atravesamos por momentos cruciales en nuestras vidas. Malos momentos en los que nos perdemos. En los que nos equivocamos, en los que nos olvidamos de nosotros mismos. Y en la vida que vivimos, tal y como todo está estipulada, nunca te enseña nadie a lidiar con lo que sientes. Con lo que te duele, con lo que te encuentras en tu interior. De ahí la frase "aprendemos a base de hostias", solo que unas duelen más que otras, y hay algunas en las que te planteas seriamente si seguir o no porque el dolor es, a veces, acumulativo, y llega un punto en que es insostenible. La mente te juega malas pasadas y crees que apagarte es la mejor opción. Por agotamiento físico, mental y emocional.
En ese momento es cuando haces un auto juicio. También analizas tus actos. Cómo contestaste, cómo reaccionaste, qué hiciste y te das cuenta de que tú tampoco actuaste bien en determinados momentos. Analizas. Analizas. Y analizas. Hasta el mínimo detalle. Hay días que lloras hasta caer rendida y duermes. Otros no puedes pegar ojo. Hay en los que gritas de dolor. Hay en los que te invade la tristeza y te abraza la compasión. Hay de todo...
De lo que no eres consciente es que es ahí donde estás haciendo ese reset necesario. Tan implorado por tu propia alma. Estás creando ese lienzo en blanco en el que vas a empezar, poco a poco, a ir escribiendo tu nueva historia. La verdadera. La que ha sabido siempre ese inconsciente que eras, pero que tú no has sabido exteriorizar por querer "encajar", o "adaptar" en ésta vida aún. Porque te silencias por el "qué dirán", por las opiniones que van ejerciéndote un patrón poco a poco, sin tú darte cuenta.
Han ido tomándote medidas y cosiendo sobre ti un traje que no era el tuyo, porque en realidad sabías que no te gustaba, que no iba contigo. Pero con tal de agradar a los demás y de no perderlos, has ido dejando que te lo enfundaran. Y sin saber cómo te has visto asfixiado. Sin poder respirar por la presión. Armado de pies a cabeza, y resulta que no eres tú.
Por eso mismo, te encuentras en esa soledad escogida, en ese silencio. Para desvestirte, quedarte desnudo frente a ti, analizar mirándote a los ojos en ese espejo y decirte - ya basta.
Y lo que viene, lápiz en mano, vas a dibujar un boceto donde vas a ir representándote todo lo que realmente eres. Por fin...

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